Una vida cristiana verdaderamente victoriosa

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Una vida cristiana verdaderamente victoriosa

Romanos 8 es, por lo menos en mi opinión, uno de los más grandes capítulos en toda la Biblia. En él encontramos una descripción bella y llena de esperanza de la obra del Espíritu, el poder del evangelio, y la identidad del cristiano. En este último punto, Pablo está tan lleno del amor y la gracia de Jesús que inventa una palabra para describir quiénes somos en Cristo.

“¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Tal como está escrito: ‘Por causa tuya somos puestos a muerte todo el día; somos considerados como ovejas para el matadero’. Pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de Aquél que nos amó”, Romanos 8:35-37.

Pablo dice que somos “más que vencedores”. Esa es una palabra inventada que significa algo como “súper conquistadores”. Eso es increíble, y sin embargo, el contexto de la palabra nos dice que algo falta. Pablo hace la pregunta retórica de qué puede separarnos del amor de Cristo. ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o alguna otra cosa? La respuesta es no, y sin embargo, el que haga esta pregunta nos dice que estas son cosas que vendrán contra el cristiano. La realidad es que no parece que sea una vida súper victoriosa cuando te enfrentas a desnudez, peligro, y espada.

Así es como vivimos, sabiendo que en cierto sentido somos más que conquistadores, pero que en la vida diaria entendemos por nuestra experiencia que esta verdad no significa que somos inmunes al dolor. Pablo mismo da testimonio. Habiendo sido golpeado, habiendo naufragado, estado plagado de enfermedad, y mordido por serpientes, testifica que la vida cristiana no significa una vida en la que se tiene salud, prosperidad, y sabiduría. La verdadera vida victoriosa del cristiano debe más bien caracterizarse por otras cosas. ¿Cuáles cosas?

Así vivimos, sabiendo que en cierto sentido somos más que conquistadores, pero que en la vida diaria entendemos por nuestra experiencia que esta verdad no significa que somos inmunes al dolor.

1. La vida victoriosa del cristiano es fiel

Indudablemente no es tan emocionante como ser a prueba de balas, o ser capaz de saltar rascacielos, pero la vida cristiana victoriosa se caracteriza por fidelidad. Fidelidad en una multitud de cosas cotidianas y regulares. El cristiano victorioso es un esposo fiel. Una madre fiel. Un empleado fiel. Un miembro de la iglesia fiel. Vivir en victoria significa vivir con gozo las responsabilidades que Dios nos ha dado, sin importar lo grandes o pequeñas que parezcan ser.

2. El cristiano victorioso progresa espiritualmente

Es un error pensar que el cristiano victorioso no batalla con el pecado. Eso está muy alejado de la verdad. De hecho, probablemente es más cierto decir que el cristiano victorioso batalla más con el pecado que cualquier otra persona. Al crecer en cercanía a Jesús, nos percatamos de qué tan lejos tenemos que ir en nuestro conocimiento de Él y nuestra búsqueda de la santidad. La victoria no es, entonces, dejar de pecar: la victoria es mantenerse en la lucha diligentemente, y continuar moviéndonos hacia adelante en nuestra relación con Jesús.

3. El cristiano victorioso persevera

Sigue adelante. Este es uno de los mensajes principales del libro de Hebreos: ya que Jesús es mejor, sigue adelante. No significa que tendremos puros triunfos mientras vamos hacia la meta; simplemente significa que no nos damos por vencidos y abandonamos por completo la carrera. Sigue adelante. En la perseverancia hay victoria.

¿Cómo se ve en verdad la vida cristiana victoriosa? No creas la mentira que dice que los cristianos que viven en victoria nunca experimentan dolor, dificultad, o sufrimiento, o que nunca batallan con el pecado. No es cierto. La victoria en Jesús no es equivalente a nunca tener dificultades. Tampoco significa que te verás como un campeón a los ojos del mundo. Más bien, la vida cristiana victoriosa se refleja en una fidelidad silenciosa, progreso espiritual, y perseverancia cuya energía viene de la esperanza segura de la resurrección de Jesús.

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